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martes, 27 de octubre de 2009

Pasado: La Vida-Muerte


Yo Uutsio, el último en nacer en la Era de Otoño, sería el último en morir en la nueva Era de algún cambio cósmico (y extraño).
Las Eras se sucedían para nosotros por cada evento mínimo que nos rodeara, pero las Eras Mayores eran las de los cuatro hijos de la Madre.
Cada una de ellas significaba cambio y nacimiento de cosas tan nuevas para este mundo que no tenían un alma creada para ellos, ni un nombre digno, ni un lugar donde ponerlas o dejarlas crecer... (El retraso de los sistemas, creanme, no es algo moderno)
A veces, en cuanto al cambio y las Eras, veia todo tan lento y poco interesante que pronto comencé a envidiar a algunas criaturas que ya se movían en dos patas y eran seres inteligentísimos y que podían cambiar la historia de sus cortas (cortísimas) vidas con la decisión tomada en el segundo anterior... (siglos después no comprendo como ustedes los humanos no comprenden este gran poder que tienen... pero allá ustedes)
Poco después de este descubrimiento, me di cuenta que en el interín de estudiar a los nuevos seres, muchos de los míos se habían encontrado con Él y ahora dormían apasibles hasta que se los volviera a llamar.
Solo mis ojos y los de unos pocos asistieron a la maravilla de algunas creaciones que nacieron de nosotros mismos, del fuego, del agua, del aire, la tierra, los bosques, el frío, el calor, la luz o las sombras... Eran tantas las fuerzas creadoras que me sentía un reverendo inútil (y espero nunca serlo, realmente, porque no lo soy).
Amé tanto a aquellas criaturas de tez de colores tan diferentes, que cantaban con esas voces de manantial, de viento huracanado, de humo que lleva historias... a aquellas que se deslizaban en sus alas de escamas y rozaban las montañas con su amplio estómago para luego remontar hacia el sol y volver quizás en otra Epoca...
Pero cuando nacieron ustedes temblé... ooooh, si, temblé.
Porque el primer ser humano lo vi yo, sin sexo, sin ojos, sin dedos pulgares, con pies horribles, un ser deforme que otro ser deforme estaba creando de tantos elementos que no cabían todos en esa cosa horroroza que balbuceaba estúpidamente.
Le dije a aquel "creador" sin habilidad alguna que tanto daría muy poco en aquella criatura (a veces creo que me he equivocado ante esta sentencia... otras... algunos de ustedes la afirman con tanta elegancia que da asco).
Me invitó a acercarme y observar a su creación de cerca, ver si realmente era tan imperfecta como yo decía.
Miré al "creador", o "creadora", y observé con recelo su extraño rostro sin forma y blanco, sus ojos de avellana completamente oscuros, sus manos finas, finísimas. Nunca lo había visto en nuestra tierra, ni sabía su nombre (eso era lo peor para mi... no saber el nombre de aquella criatura equivalía a que no existía realmente).
Luego sentí demasiado cerca al otro ser deforme, que me observaba estúpidamente (muchas veces he encontrado esa mirada taaaan primitiva en varios de ustedes).
Me tomó fuerte con sus manos horrorosas, interminables, por el miedo de no comprender que era yo, ese miedo tan humano que nunca se les ha ido del todo y que los lleva a hacer tantas estupideces... y me ahogó, me ahogó lentamente en un sueño sin retorno para mí, Uutsio, la última Hoja de Otoño...


Ahí crei que este ser solo destruiría...
Lo último que vi fueron ojos vacíos.
Lo último que hice fue llamar a mis hermanos dormidos.
Lo último que dije a la creadora-creador, La Vida-Muerte, la Madre Parca, la Madre Luz, que esta criatura nunca Sería.
Lo último que sentí fue como uno de mis hermanos tomaba a aquella criatura sin forma, sin nombre, sin alma y le regalaba el brillo en los ojos... unos ojos tristes que observaron como podían destruír sus manos...
Ahí, quizás, algo comprendieron ustedes... porque no siempre han destruído...
También ser convirtieron en creadores...

martes, 14 de julio de 2009

Pasado: Uutsio y el Comienzo del Incendio


Cayó la última hoja, un poco alejada del resto.
Otoño había ido dando nombre a cada una de las hojas, por ser el mayor, por no poder La Madre reaccionar, por las lágrimas de Primavera quién buscaba a los pájaros en susurros, por el mutismo peligroso del implosivo Verano.
Y hacia esta última (y no tan humilde, luego se verá) hoja se acercó Otoño, ante la seña del Invierno sabio, y la vio nacer en su esplendor.
Recuerdo haber tocado suavemente el suelo, luego de vagar y bailar un poco más que el resto, luego de disfrutar mi caida libre sin el menor miedo, y así me desaté de mí mismo y me encendí como una hoguera que baila ante el viento, parece apagarse, para luego subir triunfante.
Di un giro sobre mi mismo e iluminé los alrededores alejados de mi Árbol, de mis hermanos , mi primer impulso fue simplemente levantar el rostro y sentir el viento, dejar que se llevara los restos de mi nacer...
Mi segundo impulso fue tirarme hacia el montículo de pasto y flores que se iban (supuestamente, para no volver) y jugar con ellas a la lluvia de hojas secas y reir, como el niño que era.
-Uutsio, ese será tu nombre -me dijo el Hermano Mayor de las Hojas Caídas.
Lo miré mordisqueando un tallo de una margarita ya vencida por el tiempo de nuestro nacer, sin entender mucho. Sonrió.
-Uutsio es Luz Lejana.
Me comí el tallo y sonreí con los dientes llenos de verde. Pero luego mis ojos se llenaron de lágrimas, era lo más amargo que había probado en mi vida (que recien empezaba)...

Concentrados en mi nacimiento estámos cuando comenzamos a escuchar gritos de terror.
El Otoño parecía la muerte, por eso La Madre se reprochaba haber cerrado los ojos, Primavera ya velaba a los suyos, pero Verano no esperaría a que todo terminara (o comenzara) y estalló como solo puede estallar este Hermano cuando quiere hostigar a los que lo viven.
Las Hojas comenzaron a huir del incendio de la sequía...

domingo, 5 de julio de 2009

Pasado: Silencio de Invierno


Comenzó una danza macabra de Hojas que caían sin parecer tener fin.
El rojo sangre, se mezclaba con el dorado, el marrón, el cobre y así, se encendían fuegos ficticios de miles de Hojas cayendo en tantas y tan imposibles tonalidades de naranja, que los ojos no sabían si maravillarse u odiar aquel viento que llevaba y traía a las pequeñas bailarinas.
La Madre lloraba sin saber por qué, sus lágrimas parecían una fina llovizna inesperada, de esas que repiquetean contra una ventana triste, mientras dos criaturas se enredan desnudas en el calor de un sillón, la cama o el piso.
O eso vio en su mente el joven Otoño, de mirada gris y triste, cabello ocre, sonrisa lejana (y sonrió al verse a sí mismo tan lejano y tan antiguo en el tiempo).
Desde lejos, Invierno y los suyos observaban el espectáculo.
No recordaba, él, Viejo y Joven a la vez, aquella sensación de vacío en el pecho desde hace mucho tiempo, que de pronto comenzó a llenarse con palabras, con aquella llovizna, con calor de cuerpos circundantes (que se enredan), con Hojas, viento, tristeza y nobleza.
Invierno nada decía ante el espectáculo, mientras los suyos reían ante "aquel desgraciado nacimiento" ¿vaticinio del fin? ¿tan pronto? No será, el principio y el fin somos nosotros. Decían los que eran niños morados y azules, viejos de nieve, reinas de hielo, princesas seductoras y lejanas (todos convertidos en mito, más adelante).
El Hijo primero del frío simplemente nos miró desde lejos, pensativo, cada vez más dentro de sus pensamientos.
Era sabio, precavido, lento en su andar, apoyado en su bastón: no iba a sacar juicios apresurados sobre el fin o el principio (o renacimiento, o reencarnación, pensó, como palabras que no existían).
Niño de rasgos viejos, viejo de rasgos de niño.
Pequeño y grande, terrorífico, altivo, hermoso…
La Madre con sus manos de guardiana, que se desarmaban y volvían a armar en delicadas tiras de seda, dulces como azúcar negra, había sostenido aquel cúmulo de energía y vida que crecía en sus manos.
El frío aliento del Invierno se había roto en miles de pedazos para crear burbujas de aire y cristal que explotaban en una lluvia de energía cósmica, que volvían en sí, a aquella vida que se creaba en las manos de La Madre.
Él, mejor que nadie, sabía que esto no era muerte.
Pero callaba pensativo ante el nacimiento de sangre que veía delante suyo. Sangre era vida, toda vida nacía con sangre. Él lo sabía, había estado allí.
Primero el frío, luego el abrigo de La Madre, las manos de aquel ser tan débil en apariencia, tan terrible en realidad.
Luego Los Hermanos, ahora el menor que todo venía a cambiarlo.
No, no lloraría, pero las lágrimas de La Madre serían barridas luego por aquel Invierno que miraba pensativamente.
Estalactitas colgaban de las pestañas de La Madre, en la mente de Invierno.
E Invierno se levantó y comprendió.
Comprendió el comienzo del círculo, el nacimiento de este nuevo Hermano y del que estaba por venir...
Sonrió aún entre la nube de pensamientos que alejaba con paciencia. Sonrió al joven Otoño y Otoño, bailando ya con los pies en la Tierra, sonrió al Viejo-Joven.
Invierno señaló a Otoño hacia atrás de un árbol.
Allí caía la última Hoja, iluminada en su color plata de álamo viejo por la última luz del Sol y la primera de la Hermana Luna.

jueves, 2 de julio de 2009

Pasado: Despertar y Ver el Horror

Despierta, abre los ojos, estamos muriendo...
Sus ojos de hielo-fuego se fijaron en el infinito de un cielo de plomo y plata, un cielo macizo, en el que corrían carreras algunas nubes ínfimas, apenas más oscuras que el resto.
Su pecho estaba vacío, el sueño se escapaba de su mente. Quería volver a dormir, quería enfurecerse con quien la había despertado, pero al buscar al culpable, sus ojos reposaron en sangre y fuego.
Sangre, fuego y oro era el paisaje delante de ella. Arriba la espada de una tormenta que nunca iba a llegar... o que podría destruirlo todo en pocos segundos.
El arco iris se había borrado, los verdes esmeraldas, las lilas campánulas, los blancos de damas, los rosas de lenguas traviesas, los celestes de ojos mágicos... todo se había transformado en Sangre, Fuego y Oro. Plata, Lágrima y Tristeza.
La Madre observó su error. Se culpó, lo culpó a Él, maldito ser de sombra.
El mundo parecía estar muriendo y los pájaros (¡por el canto, los pájaros!) se habían ido y nunca volverían, o eso creían.
Y Ella vio caer la Primera Hoja... una Hoja que se desprendía del Árbol Viejo ¡suplicio!
Lentamente, iba hacia el suelo, bailaba en el viento (como en el sueño, como en Su sueño) y volvía a caer.
Ojos, cientos de Ojos fijos en aquella Primera Hoja, el Árbol Mayor, La Madre, las bestias, Los Hermanos, todos seguían aquel baile de burla, hacia el suelo, el suelo donde terminaba (o eso parecía) el mundo...
La Primera Hoja se mezcló con el gris pasto, el rocío de aquella mañana, la tristeza de los Ojos que lo miraban, la desesperación hundida en los pechos, las palabras de adiós y desconsuelo que salieron de todos los labios (el principio de la Poesía) y al fin dejó de bailar... reposó...
Todos esperaron el fin... pero era solo el comienzo...
Luz de Sangre, Fuego y Oro. Gritos de Plata, Lágrimas, Tristeza. Palabra perdida en el viento, luz tenue y cálida, muerte de los árboles...
Él, el Otoño nació desenvolviéndose como fuego sobre si mismo, sangrando junto a los árboles que comenzaron a perder sus Hojas, brillando tenuemente ante los rostros oscurecidos...
Nació la Era que todos confundieron como el final...